La Anunciación (Extractado de “Bendito el Fruto, Cuentos para meditar el Rosario, de Alejandra Palazzo)

By lapalomaproducciones

  “El pueblo que andaba en las tinieblas

vio una gran luz; sobre los moradores

del país de mortal sombra

 la luz ha despuntado”.

Is. 9, 1

Bendito el fruto
(La anunciación)

Dos meses dura la recolección de la aceituna. Septiembre y octubre. La cosecha se celebra como todos los otoños, la fiesta de los Tabernáculos. Las prensas extraen el aceite de las aceitunas maduras, y a continuación el peso de una piedra, o la mano del mortero.

El aceite así producido es el más fino aceite batido, color verde oro.

La pulpa que sobra se guarda con enormes pesos para exprimir el resto. Faltan dos meses aún para gozar el óleo comestible, aromático y curativo, y el viento cálido ya retrae el aroma desde el olivar, a orillas del Mar de Galilea.

María se sienta entre cuatro árboles de olivo y contempla las rosas silvestres. De los valles de Jericó llegan los brotes. Nazarena de ojos grandes y profundos. Las inquietudes de su mirada no son advertidas por nadie, más no todos resisten esa hondura de sus ojos. Hasta la pureza de los almendros se le inclina al paso. Pero es que Ella ve en cada pétalo la suavidad de su Señor. Sólo eso ve. Y lo que ve se le queda adherido en las retinas y se le va al alma. Alaba en su corazón el encanto de la naturaleza. El perfume de Dios.

Relaja su cuello con un movimiento de rotación y su mirada se encuentra con el vuelo de las garzas. Enlaza su cabello con un cinto azul. Es hora de volver.
Trabaja en su casa judía junto al fuego: el pan, las artes cotidianas, las estrellas.
Sabe dejar los ojos en la puesta de sol, volviendo por el camino con su corazón de ofrenda silenciosa. Como el agua de un río que baja de montaña, así su amor.

Todos los días de una vida joven y simple. Toda la fragancia de las rosas y los olivares, con el viento en su frente. Por la tarde, ha molido pacientemente tres medidas de trigo para el pan de la familia.

Un día llegó el ángel. No era para menos.
Un día, un rubio rayo de sol la adentró en la creación de verdad. Era Dios que la buscaba por ser Su Criatura.
- ¡María! ¡Llena de gracia!
La voz que viene como de aquel murmullo de agua de la acequia, desparrama las ramitas de olivo que han quedado pegadas en su vestido, lleno de ventiscas.

María tiene miedo. Sin querer se le cae el pequeño frasco de aceite cosmético que posee de la última cosecha, que deja sobre la mesa y con el cual suaviza sus manos. El tiempo parece detenerse mientras se derrama el óleo, como un presagio.
Una luz de arco iris en la sala de la cocina, y el olor del pan es más intenso.
Temerosa, asombrada, se sienta en la silla, delante del ángel; se siente torpe y baja la cabeza.
- No temas, María. Has hallado gracia delante de tu Señor. ¡Bendito el fruto! Tendrás un hijo y será llamado Hijo del Altísimo. Le pondrás por nombre “Jesús”.

- ¿Y cómo sucederá esto si no conozco varón? – pregunta ella con voz tenue, pasmada.

Y el Ángel Gabriel la mira en profundo consuelo.

- El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra, ¡no temas María!

Pero es inevitable sentir temor. Y seguidamente, arrastrada por una poderosa fuerza en su interior responde:

- He aquí a la esclava del Señor. Hágase en mí, según tu palabra.

Difícil imaginar toda esa divinidad estallando en su humanidad.
María ahora está escrita en todo el universo. Quizá el amor le ha develado todo de golpe, como cuando madura una fruta. Y ella también es una recién nacida.

Mientras el ángel se esfuma, un éxtasis la invade en un sueño extraño y profundo. Ve extender la mano del mal´ak* hacia arriba.
Siente un gusto fuerte de aceite de oliva en su boca y se ve a sí misma, con un niño recién nacido entre los brazos. Luego ve a un muchacho de cabellos largos que transpira sangre en el huerto. El gusto del olivo en su paladar se va haciendo cada vez más penetrante; como la inquietud, o esa tristeza dulce de su aliento.

Mientras tanto en el pueblo, las tinas se llenan de aceitunas verdes y negras. Los guisados, las lámparas, los limpiadores de heridas hacen oír el ruido de las hojas de Getsemaní. Las lámparas de aceite se moldean en forma de platillos poco hondos, con extremos más estrechos donde sujetan las mechas. El aceite pronto da la luz.

Al tiempo, el arado comienza a recorrer los campos. Es la hora del mijo, del ajenjo, de las lentejas; de los garbanzos y los melones.

Hora de extraer el aceite de las aceitunas maduras bajo el peso de una piedra, o la mano del mortero, la mismísima mano de Dios que extrae el óleo de los seres con sus designios.

María, fecundada como una abeja de su propia miel, sale de su casa con una canasta de juncos, en busca de José.

*mal´ak: en hebreo “mensajero”, “mediador”.

Una respuesta para “La Anunciación (Extractado de “Bendito el Fruto, Cuentos para meditar el Rosario, de Alejandra Palazzo)”

  1. graciela dominguez Dice:

    que meditación tan hermosa felicidades. que Dios los bendiga.

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