El sol en la higuera
-¡Piuccio! ¿Quanti figs hai mangiato oggi?
Un rayo de sol le daba en los ojos, y sus pequeñas manos sorprendidas se enredaban con aquel hilo blanco y lechoso de los higos.
Revolvía las hojas de la higuera limpiándose, hasta juntar el aire para poder hablar, y ese rumor verde en la sombra se fundía con el viento del verano que golpeteaba los postigos agrietados de la vieja iglesia.
El hombre de la barba encanecida, con su voz de trueno, lo llamaba desde la ventana.
Entonces, el niño de San Giovanni Rotondo que correteaba por los patios del convento, contestaba mirando hacia arriba, hacia la ventana, con los ojos semicerrados por la luz, y sonrojado:
-¡Uno, Fra !
-¡Es cierto! ¡Uno por vez! – le gritaba el fraile y le sonreía, porque sabía que el hijo de la lavandera era el pájaro de corazón más puro que conocía en el pueblo.
Niño pájaro, el pequeño Pío con sus siete años, que llevaba su nombre en honor al fraile que lo había visto nacer y lo había bautizado después de renegar con un cura vecino que no quería mandarle los aceites santos para oficiar la ceremonia, por razones burocráticas zonales que nunca faltan y que conviven con las leyes de Dios, desde todos los tiempos.
- Entonces que crezca como un animalito – fue la picardía que verbalizó Fray Pío, y con la cual consiguió que inmediatamente le manden el óleo sagrado para el pequeño.
Logrado el cometido, en tanta siesta le había tocado el corazón con su mirada de padre, con su mirada de ángel robusto, mirada que nadie imaginaba que llegaría a ver tan lejos.
Tantas veces lo había arropado mientras su “mamma” Filomena enjuagaba las sotanas, limpiaba los cuartos y preparaba la comida del monasterio.
Tantas otras lo había alzado para verlo reír con el vértigo de sus brazos en alto, suspendiéndolo a la altura de la lámpara y luego haciéndolo aterrizar en caída libre, juego que terminaba con el trozo de “raffaioli”, un dulce típico, a cambio de que se hiciera bien la señal de la cruz.
Después le cedería su tazón de leche, el pedazo de pan y también su plato de fideos, mientras lo sentaba en sus rodillas y lo dejaba que toqueteara su rosario.
Y con su enorme mano, calzada ya con ese guante especial que resguardaba un inefable misterio, lo bendecía intensamente y le secaba la cabeza transpirada de trepar incluso al árbol de las peras, y esto lo hacía con el dorso y el filo porque las manos le dolían, le dolían y le sangraban, para milagro de unos pocos al principio, y polémica de muchos.
El vaticano lo tenía en “observación”, privándolo bastante tiempo del contacto con la feligresía y condenándolo a su máxima cruz, no poder oficiar la misa, la misa amada por él, en la que llegaba a entrar -según sus propias palabras- “en la majestad de lo divino”.
A la hora del rosario, el peral donaba su frescura para las cuentas del amor que el franciscano desgranaba por las familias y los enfermos del pueblo.
Todos los días, incansablemente, Fray Pío apoyaba su espalda contra el tronco del peral, y se daba mansa y confiadamente a recitar su oración preferida. Tres veces oraba para interceder, con las mismísimas palabras de Jesús: “en verdad les digo, pidan y obtendrán, busquen y encontrarán, golpeen y se les abrirá”; hete aquí mi Jesús, repetía. que yo golpeo, yo busco, yo pido la gracia…” y su murmullo parecía no tener fin. Especialmente sabía quién se curaba por el aroma que exhalaban sus manos. Si era incienso o jazmín, era el mismísimo Señor; si eran rosas había sido la directa intercesión de la Madre, María de todas las Gracias, mujer a la que entregaba sus largas horas de silencio y meditación, doblándose ante su imagen en el viejo templo.
El mediodía llegaba con el olor de los pimientos fritos que reverberaban en la cocina, y en esos vahos se acordaba de Giussepa, su madre terrenal, estampada en su corazón junto al crucifijo junto a la Virgen y a San Francisco.
Once, trece, quince años. El niño pájaro testigo sobrevolaba la puerta que daba a las montañas.
Por entonces, seguía a un perro negro que habitaba el convento, y siempre iba en dirección al molino, a comer juntos los higos capturados y sentarse al puro aire de los valles, tan llenos de trinos como de campanas.
El niño creció y fue un muchacho alto, espigado, también de manos grandes y mirada profunda, herencia espiritual de quien lo moldeó con cariño entrañable.
Creyó entonces que podía ser parte investida de esa comunidad que lo contuvo de noche y de día, a él y a su madre, mujer de roca incandescente. Y un día, pidió el permiso.
El capuchino lo bautizó “Fray Lorenzo”, y sus días corrieron en formación, en Toscana, entre el silencio monástico y las labores con las que debía ganarse un puesto en la humildad y en la obediencia a la que se consagraba.
Y lo que a veces se cree dura una centuria, se trastoca en las manos de Dios en menos de lo que canta un gallo. Un mal entendido con un fraile de la orden provocó la injusticia del Superior. Las faltas, por mínimas que fueran, se castigaban con gran severidad. Que los hombres de Dios se equivocan, no es novedad. Pero que ciertas equivocaciones son el comienzo de la verdad, es más que posible.
Volvió a San Giovanni donde Fray Pío lo esperó una noche húmeda, con un poco de vino y de queso, y con ese silencio potente que envuelve y no se puede romper. La mesa estaba puesta al borde de la ventana y desde allí, alumbrada por la luz de la luna se veían hasta los hilos plateados de los higos, sostenidos por ese candor nocturno acompasado por los grillos.
- Ah Piuccio – suspiró cortando una rebanada de pan y tajeando el silencio.
- La gente no sabe lo importante que es el oxígeno, el aire que viene de los árboles para poder respirar…
Fra Lorenzo dejó su traje color tierra en el último cajón de la habitación monacal.
Y con esa desnudez la encontró a María, la de los ojos celestes, ojos que había mirado sin ver mientras un ruido de aviones comenzaba a surcar el único sitio de la vida.
El hombre partió al servicio militar ungido de rezos y de amores. Su madre, su tía, María…
Los alemanes ya estaban saqueando cuando él saltó en su paracaídas y cerró fuertemente los ojos para imaginar los brazos de Fray Pío, como cuando era niño.
Una herida lo dio de baja y volvió de la guerra con un ala rota, sin haber muerto ni vencido, volvió para viajar con María a fundar su familia en Buenos Aires.
Antes de partir, el viejo Fray Pío lo consolaba:
- Vivirás más que yo. Alcé muchas veces las manos para bendecirte. ¡Vete en paz!
Hay una casa en el barrio de Haedo, en cuyo jardín hay una higuera. Varios niños corren llenando canastos. Una voz profunda, como de trueno, conmueve al anciano, mientras pasa un trapo húmedo sobre la foto de quien hoy además, es santo.
-¡Piuccio! ¿Quanti figs hai mangiato oggi?
Pero este recuerdo le viene sólo cuando un rayo de sol le entrecierra los ojos.
Agosto 20, 2008 a las 8:28 pm |
EL CUENTO ME PARECIO MUY EMOTIVO LA PAGINA TIENE CONTENIDOS HERMOSOS E IMPORTANTES PARA LA REFLEXION. ALEJANDRA UN BESO ESPERO QUE SIGAS CON TU MINISTERIO. FUERZA Y LUZ SOBRE SOBRE TODO DIOS TE BENDIGA MUCHO.
Agosto 20, 2008 a las 8:34 pm |
BUENISIMO BUENISIMO. GRANDE AMIGA SEGUI ASI. DIOS TE BENDIGA UN BESO.
SERGIO