Estigmas, o flores del Amor. (extracto del libro “Semillas del Paraíso”, de Alejandra Palazzo)

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Estigma en las manos de Padre Pio

Estigma en las manos de Padre Pío

 

Por el año 1915 el Padre Pío ya percibía su nuevo y completo destino, sintiendo en su propio cuerpo, manos, pies y costado, dolores que no quiso dar a conocer. En su interior él sabía que Dios lo había participado de las heridas de Cristo, aunque en forma no permanente y de manera no visible.

En un momento, confesó al Padre Agustín, su guía espiritual, haber sentido agudísimos dolores.

Cierto día, en el templo, terminado el coro de los religiosos y el rezo de la liturgia de las horas, el Padre Pío se hallaba solo en su oración personal. Al concluir su meditación, sus manos comenzaron a sangrar misteriosamente. El dolor se le incrementaba en el centro de las palmas y ya no tuvo dudas en sentir como su Señor Jesucristo, el dolor de la crucifixión.

“Desde ese día siento una gran aflicción y una herida en mi alma que está siempre abierta y me causa agonía”, afirmaba Pío.

 

Así, con su rostro pálido, y su cuerpo trastocado por los dolores, se dirigió a su superior, ya que además de las manos, también los pies y el costado sangraban abundantemente.

La sangre era suficientemente fluida, emanando un agradable aroma a flores.

La noticia preocupó al superior, quien de inmediato se dedicó a estudiar el caso enviando fotografías, reportes médicos y otros informes a la Santa Sede, sustrayendo al Padre Pío de la curiosidad popular.

Se le prohibió celebrar misa y confesar. Pío, durante dos largos años, vivió una vida de claustro callada y obedientemente, como le habían ordenado. Aunque los médicos no hallaran causas naturales para sus heridas, no cesaban de investigarlo. El Padre Pío sabía que esta prueba le dolía más en el alma que en el cuerpo, por no poder celebrar sus ardientes misas. Pero conociendo a fondo la sagrada participación que le daba Jesús, no dudó en que su Dulce Señor se haría cargo de llevarlo nuevamente junto a sus fieles.

 

Así fue que la noticia no pudo ocultarse durante más tiempo y regresó a su actividad habitual, tan anhelada. Muchos al verlo se llenaron de estupor y alegría, sobre todo  las almas que reconocían en él a un verdadero santo.

La cantidad de sangre que perdía cada día podía llenar una taza de café, afirmaba su cardiólogo personal y amigo.

 Temía, debido a las continuas perdidas de sangre de las llagas, morir desangrado. Ningún hombre lo hubiera podido resistir, consumiéndose en un trabajo extenuante, tanto y tantos años. Era el Pan Eucarístico lo que le daba fuerza y vigor constante.

 

 

 “… Divinismo Espíritu, – escribía Pío – ayúdame a penetrar en este infinito misterio de amor y dolor de un Dios que revestido de nuestra humanidad sufre, agoniza y muere por amor a las criaturas; haz que pueda penetrar en la intimidad del Corazón de Jesús para comprender la esencia de sus amarguras: que pueda consolarlo con mi amor y pueda unirme a El para pagar con El…”

“… María, Madre Dolorosa, úneme a ti para seguir a Jesús  y participar de sus penas y dolores. Así sea”

 

 

Su rostro denotaba tristeza y amor al mismo tiempo; sus palabras fluían de lo más profundo de su corazón, infundiendo valor, consuelo y esperanza a quienes se desahogaban en él, para rescatarlos de sus pesares.

 

La pasión por Jesús, como un torrente desbordante, se volcaba en su corazón oprimido por este enorme amor. El Padre Pío ofrecía su dolor constantemente, como sacrificio por la gloria del mismo Padre. En todo momento rezaba con total confianza, como lo hizo Jesús.

 

Traspasado como por un dardo, se sentía muchas veces penetrado por una herida, mientras su alma se elevaba a niveles de gran contemplación del amor y del dolor, por la extraordinaria gracia de la transverberación.

 

Pío era la persona elegida por Dios al ser traspasado por esa flecha misteriosa:

-“… Estaba yo escuchando confesiones cuando de repente vi a un visitante celestial que aparecía frente a mí, con una lanza de punta aguda que parecía encendida. Vi hundir la lanza en mi alma y sentí que me moría. Este martirio duró dos días sin interrupción”.

 

Esto sucedió el 5 de agosto de 1918, y se extendió hasta la mañana del 7.

 

Poseído por la fuerza divina,   su persona se vio afectada con los dones sobrenaturales que le permitían ver cosas lejanas o prever el futuro, o bien ver y oír a distancia en el espacio y en el tiempo sin usar los mismos sentidos y las normales capacidades del intelecto.

Percibía  con los ojos del alma. Tales habilidades fueron  experimentadas por el Padre Pío y en él, se encontró un desarrollo completamente particular. En efecto, el capuchino logró escudriñar a una persona hasta  alcanzar las partes más ocultas del alma. Muchos testimonios existen de estas intervenciones del Padre Pío. 

Veía al espíritu que se le acercaba; distinguía a los verdaderos profetas de los falsos; conocía el verdadero deseo de cambiar o no, y a menudo emanaba señales a través de aromas exquisitos de lirios, violetas, incienso, rosa y hasta tabaco fresco.

San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios dice que debemos ser “el buen perfume de Cristo, a través de nuestras virtudes y obras”. Ciertamente el Padre Pío lo era.

 

Este fenómeno es conocido como osmogenesia, carisma poseído por algunos santos que consiste precisamente en exhalar perfumes naturales, con el fin de acrecentar la fe y confirmar la existencia de lo divino, a través de su presencia, en cualquier tiempo y distancia física. Muchas veces podía sentirse el perfume del Padre Pío cuando él pasaba caminando, o cuando tocaba algún objeto, incluso percibiéndose los aromas también en su ausencia, regalo que solía hacer a algunos fieles como señal de afecto y de fe.

 

El Espíritu Santo había depositado en él su amor, y era su fiel amante digno de recibirlo, con la pureza de una paloma o de una rosa, acercándose a Dios para amarlo y conocerlo cada vez más. Lo colmaba un amor desde lo alto que lo preservaba y lo preparaba cada día para sanar como Cristo, a todos aquellos que necesitaran sus caricias.

 

Entre otros fenómenos destacados de sus carismas, encontramos la ierognosia, que es la facultad de reconocer objetos sagrados y hombres consagrados a Dios. Esto significa que el Padre Pío sabía por ejemplo si un rosario había ya sido bendecido y también, con solo ver a una persona podía saber qué grado de consagración tendría a Jesús.

 

Cuando Karol Wojtyla era sacerdote en su antigua Polonia, visitó al Padre Pío en San Giovanni Rotondo. En una de sus charlas con él, Pío le dijo que llegaría a ser Papa, y continuó… “vas a ser Papa y también veo sangre”.

Con el párroco Salvador Pannullo, percibió un aletear de ángeles y sonidos de campanas, anunciando que allí se construiría una iglesia capuchina en la que el sacerdote trabajaría estando al frente de la comunidad.

 

Pero quizá la gracia más extraordinaria que Dios le concedió a Pío fue el don de la bilocación, o sea, facultad de estar en dos lugares al mismo tiempo.

El Padre Pío vivió estas experiencias durante todo el tiempo que tuvo los estigmas. Existen testimonios personales  que el Padre dio a conocer a través de escritos, y también hay confirmaciones de sanaciones realizadas a distancias por él, contado por los que vivieron su presencia en diferentes lugares del mundo.

Al final de sus días, el Padre Pío casi no salía de su celda, dedicado absolutamente a la oración y fue visto en lugares lejanos a su convento. La mayoría de las veces realizando curaciones milagrosas.

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