Isabel
(Visitación de Nuestra Señora)
¡Anístemi!* Esta palabra resuena en el lecho de María, mientras se levanta.
Alista su equipaje temprano, lava sus manos, su cara. Recita la Tefilat haDérej, la oración de los viajeros. El texto de su oración es una petición para que en el camino no haya desgracias y se pueda llegar en paz a destino. Los judíos solían recitar versículos en los que se menciona a Dios como salvador de todos los seres humanos en las necesidades.
Es un día sereno. María sube por la ruta que va a los cerros de Judá. Los montes de Samaria y sus ondulaciones se van perdiendo suavemente hacia el oeste, y descendiendo bruscamente hacia el este, sobre el valle del Jordán y el Mar Muerto.
María desliza su mirada fértil sobre los montes que limitan Jerusalén. Toda ella es una bendición mirando el paisaje. El monte Rash el Mesarif, el Hebrón, y poco a poco el desierto del Negueb, hasta terminar la orografía que enlaza con los ríos del Sinaí. A la altura del Mar Muerto están los desiertos de Judá, como una larga franja a lo largo del agua. El olor salado y reseco acompaña su camino. Hay alegría en su espíritu; va encontrarse con ella, con la otra amada, la otra elegida. La que es grande y vive en la montaña de las mujeres grandes.
De púrpura y escarlata, de lino fino, son todas las hebras que lleva, con las que tejerán las mantas de los niños esperados. Isabel, la que Dios convidó a florecer, ve llegar a su hermana y abre más la ventana con un grito:
-¡Ay de mí, que la madre de mi Señor venga a verme! – exclama sin pensar.
Se abrazan y se besan.
- ¡Dichosa, porque has creído! – insiste Isabel al abrazarla.
Ellas saben mirarse con complicidad de cielo celeste y panecillos horneados. La casa necesita flores. María las recorta de la mata verde, y amarillas son, como sus sueños; las acomoda en la mesa. Juntas descansan entrelazando las manos; hay una leche tibia de cabra, recién servida y un poco de cereales tostados con miel y queso de oveja. Hay oraciones que el mundo no conoce ni conocerá nunca. Están guardadas en los vientres de las mujeres encintas. Son las oraciones de esos niños aún dormidos. No hay música que las describa, ni sol ni sombra que pueda con ellas. Todo va andando por dentro y el cosmos no es más que un punto pequeño, concentrado en una casa en el monte del pueblo de Judá, sobre un paisaje sonoro de aguas de pozo. El viejo telar hecho con una vara larga, rechina al colgar los hilos de seda que trajo María.
- ¡Isabel! – llama María y ella se da vuelta.
- Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi Espíritu se alegra en Dios mi Salvador… – canta suavemente, con la mirada encendida, y corre el largo hilo del tejido hacia adelante.
Isabel sonríe y cierra los ojos, recostada sobre la cama. Duerme de a ratos.
Suenan los rumores de las abejas en los matorrales y se escuchan a lo lejos los rebaños, campanitas de las cabras.
Los hombres, las mulas, los caminos; el viento y la nube de polvo en la siesta. Todo igual. Menos el alma de la tierra, que son ellas dos juntas, abrazadas por la eternidad.
Isabel se despierta.
- Estoy grande y pesada – ¡cómo me duelen las piernas hoy! – se queja.
- ¡Nacerá pronto! – proclama María.
Isabel llora.
*”Anístemi”, significa levantarse, ponerse en movimiento.
