Testimonio sobre Padre Pío

By lapalomaproducciones

Pio Pompilio, a los cinco años en el convento de San Giovanni Rotondo

Pío Pompilio, a los cinco años en el convento de San Giovanni Rotondo

 

 

 

 

Pío Pompilio y sus recuerdos del Padre Pío de Pietrelcina
 

Estas páginas no pretendieron competir con los magníficos libros escritos sobre la historia del Padre Pío de Pietrelcina.

Simplemente, sabiendo que en la tierra hay amigos entrañables del cielo, vislumbramos la hermosa posibilidad de transcribir los recuerdos de una amistad muy especial: la de Pío Pompilio con el santo Padre Pío.

 

Contemporáneo del capuchino, bautizado con el mismo nombre del santo, fue el primer niño llamado Pío en San Giovanni Rotondo, allí por el año 1920.

Su historia tiene en común el destino de muchos inmigrantes italianos, que además de haber pasado la guerra, el hambre y  la enfermedad, sobrevivieron a causa de su fortaleza, con el agregado, en este caso, de haber sido testigo directo de la vida de un santo que conoció perfectamente el dolor, el desgarro y las miserias que sufría su gente.

 

“El Padre Pío nos protegía con su sabiduría y su humildad”- decía Pompilio.

“Rezaba por nosotros fervorosamente, nos consolaba, nos ayudaba, protegía a los hijos que estaban en el frente, luchando”.

No hubo mejor surco para  compilar este testimonial a modo de homenaje, que la palabra protagónica del recuerdo en vivo. Por eso, gentilmente, Antonio Petta, editor y conocedor de la historia, derivó a la fuente más directa, la de Pío Pompilio y su familia, oriundos de Italia, hijos también de nuestra querida tierra argentina, donde actualmente residen.

 

Y los recuerdos se abrieron como una catarata, tan vívidos por la fuerza propia de los lazos verdaderamente profundos. Lazos que embanderan no sólo la fe, sino la historia de una Italia que fue sede de grandes acontecimientos, terrenales y celestiales, y cuna de místicos y santos, cuyos legados son hoy tesoros para la humanidad entera.

 

Por designio de Dios, que regala al mundo estos seres tan llenos de su gracia, se puede revivir su presencia en las palabras de esta humilde familia italiana, en cuyos corazones reside la presencia del Padre Pío con un ímpetu digno de ser narrado.

 

 “Yo, Pío Pompilio, deseo relatar mis recuerdos del Padre Pío, con quien tuve la suerte de convivir desde mi nacimiento. En efecto, nací en San Giovanni Rotondo el 20 de marzo de 1921, último de siete hermanos, época en la que ya el querido Padre Pío había sido transferido al convento capuchino con sede en el pueblo y donde permanecería hasta su muerte, ocurrida en 1968.

 

Es necesario relatar que mi madre, Filomena Mangiacotti, se ocupaba voluntariamente del lavado de ropa y de los remiendos necesarios para los frailes del convento que en ese tiempo eran los siguientes: Padre Ignacio y los hermanos legos, Fray Nicolás dedicado a las colectas y Fray Constatino, entre otros, que se ocupaba de la cocina.

 

Tuve la suerte de ser bautizado en el mes de mayo por el propio padre Pío, en la iglesia San Leonardo y en su honor recibí el nombre de Pío. Inclusive, como mi madre frecuentaba el convento por las razones arriba enunciadas, muchas veces tuve la suerte que el Padre Pío me tuviera en sus brazos. Alrededor del año y medio de edad el mismo padre Pío me enseñaba a persignarme con el Santísimo Nombre de la Trinidad, ya que cuando me veía en el corredor del convento me llamaba y me ofrecía un caramelo, pero para ello debía primero hacerme la señal de la cruz.

 

En San Giovanni Rotondo siguió mi vida de niño y allí comencé los estudios de la escuela pública, siempre contando con el cariño de los frailes capuchinos.

 

Recuerdo cuando tenía 7 años, Fray Constantino me enviaba a recoger higos en la huerta, justo debajo de la ventana de la celda del padre Pío. El me veía y me preguntaba desde aquella ventana:

- Pico, ¿cuantos higos te comiste?

Y yo contestaba:

- Uno

Y él a su vez me decía:

- Es cierto, uno por vez…

Así seguí creciendo hasta que a los once años pude realizar  mi primera comunión. El propio padre Pío me confesó y cuando llegué a la parroquia de San Leonardo, el párroco Monseñor Miguel Prencipi, me obligó a confesarme de nuevo, pues no podía creer que había confesado con el propio padre Pío.

 

Todos estos hechos dejaron en mí una profunda impresión y de allí  devino mi vocación a la vida religiosa. Mi  madre veía con mucho fervor el que me hiciera fraile capuchino, y yo, que me había criado en este ambiente, también lo deseaba fervientemente; por lo tanto, mi madre lo conversó con el padre Pío y éste lo aprobó.

Hablado  con el Dr. Gullermo Sanguinetti, un gran devoto del Padre Pío que gozaba de toda su confianza,  por indicación del mismo Pío me llevó a Borgo San Lorenzo

( Florencia) donde él residía.  Al día siguiente me condujo al convento de Montecasale para pedir mi ingreso al postulantado. Fui presentado al Padre Antonio, guardián del convento, y luego de permanecer tres días allí,  me llevaron a Poppi (Arezzo) donde estaba el seminario capuchino.

 

Cuatro largos años estuve estudiando y preparándome en ese seminario junto con numerosos compañeros (más de 150), con grandes sacrificios y mucha disciplina. En realidad, los que llegaban al noviciado eran solo una pequeña parte y uno de estos fui yo, que a los 16 pude entrar al noviciado en el convento de Montepulciano, Arezzo, donde vestí el hábito franciscano y cambié mi nombre por el de Fray Lorenzo, apodo que me había sugerido el mismo padre Pío.

 

Estábamos en época preconciliar,  la disciplina era estricta con una perfecta observancia de la Regla y la Regla, especialmente la capuchina era muy severa: rezo de vísperas, maitines, etc.; oración permanente aún cuando se trabajaba en la huerta, silencio durante todo el día, (solo se podía hablar cuando lo permitía el maestro de novicios) y otras muchas cosas muy duras y que no es del caso contar, pero que hacían que la voluntad y la espiritualidad del noviciado se fuera afirmando.

 

Al año de noviciado pude hacer los votos simples y fui trasladado al convento de Florencia, donde permanecí cuatro  meses, luego de lo cual me mandaron al convento de Prato para aprender un oficio ya que no fui considerado apto para el sacerdocio porque mi aplicación para los estudios no era suficiente.

El oficio que eligieron para mi fue el de tejedor; aprendí todos los secretos de la fabricación de las telas para los hábitos de los monjes. El aprendizaje duró otros cuatro meses, luego de los cual volví a Florencia donde estaba el taller textil. Durante tres años, desde 1936 al 39, estuve haciendo esa tarea como fray lego: mi vida consistía en el rezo del oficio, luego de las o comenzaba la tarea en el taller hasta las 6, hora en que se rezaban las vísperas.

 

En esa época de mi vida me dieron 7 días de licencia para visitar a mi familia, a la que no veía desde el año 32, fecha en que me había ido.

Las distancias eran grandes y viajar muy costoso, por lo que mi madre y hermanos no habían podido ir a verme.

Naturalmente, el niño que había salido ni se parecía al hombre con barba que había vuelto; fui recibido con mucho cariño por mi familia y el primer día me quede en casa en compañía de mi madre y de mis hermanos, que habían formado sus propias familias.

 

 

MI regreso se había convertido en un verdadero acontecimiento, inclusive en el pueblo. Al día siguiente, fui al convento a visitar a los viejos y conocidos frailes de mi niñez, entre los cuales, por supuesto, seguía estando el padre Pío. Me recibieron con mucho afecto y le pedí al padre guardia, poder dormir en el convento ya que en mi casa no había mucho lugar, y me lo permitieron, asignándome una celda.

Pude confesarme con el Padre Pío y voy a narrar lo que me sucedió por la noche. Me levanté para concurrir al coro y allí me venció el cansancio. Me quedé dormido. El Padre Pío, que acostumbraba a quedarse con la cabeza apoyada entre los brazos, no dormía y se percató de mis ronquidos. Vino a despertarme tomándome de la oreja, y en su dialecto napolitano me dijo buenamente: – Fray Lorenzo, al coro se viene a rezar, no a dormir… ¡vete a dormir!

 

Corría el año 1939, y de vuelta en Florencia, el padre Provincial me propuso un trabajo misional en la India, donde mi tarea hubiera sido fundar un taller. Desgraciadamente, en aquel momento tuve un altercado con un hermano lego, no por mi culpa, y a pesar de los hechos injustos, fui castigado con la pena de volver al noviciado por el término. Por esta situación decidí retirarme de mi etapa de capuchino, cosa que fue permitida ya que aún no había hecho votos solemnes.

 

En septiembre de ese mismo año ya había comenzado la segunda guerra mundial; mi madre no estaba en casa y un tío me dijo que había ido al convento. Me dirigí a buscarla y en el camino nos encontramos. Ella no me reconoció, pues estaba con vestimenta civil y afeitado. Cuando supo mi historia, mi madre lloró desconsoladamente y juntos nos fuimos para la casa.

A la mañana siguiente, bien temprano, mi madre quiso que fuéramos al convento para escuchar la misa. Allí, ella se confesó con el Padre Pío y conversaron sobre mi vuelta. El Padre Pío le dijo con textuales palabras:

- Filomena: es mucho mejor un buen secular que un mal religioso.

Luego me confesé yo, y el Padre me dijo:

Piuccio, se ve que no eras para el Señor, sin embargo, hay muchas cosas que se pueden hacer en el mundo.

Dos meses me quedé ayudando a mi padre en los pequeños terrenos que tenía en el campo. No había tenido mucho contacto con mi padre, pues cuando nací, él estaba trabajando en los Estados Unidos. Recién llegué a conocerlo a los 9 años, cuando regresó por un breve período de tiempo, ya que volvió a irse por cuestiones laborales. Definitivamente, él se había instalado en el año 1935 y desde aquel momento en adelante se dedicó absolutamente al campo.

 

Pronto fui llamado al servicio militar y enrolado en el mes de enero de 1940 en el batallón de artillería con sede en Barletta, Bari. Luego de varios cambios, fui destinado al Regimiento 50 de artillería que estaba luchando en el mar Egeo, en Grecia, donde permanecí un año entero. Ante la posibilidad de ir como voluntario paracaidista, hice la correspondiente solicitud y fui admitido después del apto médico. De vuelta en Italia, me instruyeron como paracaidista y me concedieron 10 días de licencia. Entonces fui a San Giovanni Rotondo a ver al Padre Pío. No tuve la valentía de confesarle todo al Padre de lo que había vivido en el servicio militar. El Padre Pío me preguntó: – ¿Tienes algo más para decir? Y le dije que no. Entonces Pío, saliendo de su confesionario me tomó de la oreja y me echó diciendo: – Ve a la Iglesia a hacer tu examen de conciencia y luego vuelve!

Por vergüenza no volví hasta el día siguiente. Y confesándole todo me dijo: – Recuerda que la castidad no es solo para el religioso, sino también para el seglar. Al volver bajo bandera, fui destinado a la división que combatía en Cerdeña, para evitar el desembarco de los Aliados. Mientras estaba allí se firmó el armisticio y, como consecuencia, fuimos incorporados a la octava armada. Nos mandaron a Nápoles y a Montecassino, donde luchamos contra los alemanes y seguimos nuestro avance hacia el norte, en las Marcas y luego hasta Bolonia. Allí decidí dejar el ejército, pues ya no sabía por qué estábamos combatiendo. Me llevé la moto que estaba usando, todo el armamento y un pase especial que me habían dado como estafeta, con el cual pude cruzar los puestos de bloqueo.

 

Corría septiembre de 1944 y llegué a mi pueblo en moto; allí escondí todo y al mes me vinieron a buscar los “carabinieri”. Mi familia negó que yo estuviera, y en cierto modo era verdad, pues había comenzado a trabajar para los americanos en el aeropuerto de Lametola, donde trabajaban también dos hermanos míos, uno como mecánico y el otro como sastre. Yo ayudaba a los dos y mientras tanto, estaba a salvo de los “carabinieri” que allí no podían venir.

 

Por aquella época  me sucedió algo que merece ser contado. Era el 14 de mayo de 1945 y tenía a mi cargo un camión con el que me ocupaba de llevar ida y vuelta a los obreros de San Giovanni Rotondo que trabajaban para los americanos.

Una tarde, después de dejar a aquellos hombres, como siempre me dispuse a llevar unos quince o veinte niños que me esperaban para dar una vuelta en el vehículo. Pero ese día casi fatal, y no estando acostumbrado a las bebidas, me habían convidado wiskie. El alcohol me produjo una borrachera que no me hacía dar demasiada cuenta de mis actos. Hice subir a los chicos al camión y en vez de dar una vuelta más larga, pensé en llevarlos hasta el Convento. Allí había una gran planta y una cruz debajo de ella conformada por una pequeña plazoleta que terminaba en un barranco. Cuando de camino quise maniobrar para dar la vuelta, en vez del freno pisé el acelerador; se me nubló la vista y tuve una visión de la Virgen de las Gracias. Milagrosamente el camión en vez de caer en el barranco, dio contra la última estación del Vía Crucis (una representación en mármol de la Pasión de Jesucristo cuyas escenas terminaban en el Convento).  Como pueden imaginarse, la última escena es la de Jesús muerto en la Cruz.

 

La imagen se rompió con el impacto del camión y quedó contra el volante, de tal suerte que el vehículo quedó suspendido en parte sobre el barranco balanceándose, pero sujeto al fin. En seguida bajé del automotor e hice bajar a los niños, cerciorándonos de que todos estuvieran bien. Salimos ilesos del accidente, gracias a Dios ninguno se había hecho daño. Al bajarse todos, me fui inmediatamente al convento. Toqué la campanilla y me recibió el portero, Fray Gerardo preguntándome qué es lo que quería a esas horas.

- En la última estación del vía crucis… quién está representado? le pregunté

- Jesús muerto! – me dijo el fraile

Y me atreví a contestar:

- Bueno, si está muerto yo lo hice resucitar, porque choqué con el camión contra el mármol y lo levanté por el aire.

 

Avisado el accidente, caí en un sueño profundo de la borrachera, bajo una de las plantas del convento. A la mañana siguiente me desperté y me dirigí nuevamente al convento, que estaba abierto. Tomé agua del pozo y me lavé la cara, luego fui a la sacristía donde me encontré con el Padre Pío, que me increpó a gritos diciéndome que yo era un loco por lo que había hecho y que esta vez me había salvado su intervención, pero que esperaba que no hubiera próxima vez. Y enojado así como estaba me echó con un bofetón.

 

Al día siguiente volví a verlo. Junto a él estaba el Padre Rafael que quería hacerme pagar los daños hechos al vía crucis. El Padre Pío volvió a intervenir y dijo:

¿De dónde va a sacar el dinero?… una lira que pongan cada uno de los feligreses servirá para el arreglo.

 

De este hecho relatado que demuestra la sapiencia y la bondad del Padre Pío , hay todavía muchos testigos, pues los niños que lo vivieron junto conmigo son ahora respetables ancianos que recuerdan lo acontecido.

 

Al año siguiente, en 1947, quise casarme con mi actual mujer. Tuve problemas porque necesitaba mi documentación. Para conseguir la benevolencia de las autoridades militares tuve que rearmar mi historia para poder conseguir “concedo” provisorio , con lo cual luego obtuve el permiso para casarme y el pasaporte con el cual pude venir a la Argentina, en 1950, tierra en la que he vivido hasta el presente.

Y volviendo a los recuerdos del Padre Pío, debo decir que mientras estuve en Italia, fue siempre mi confesor y mi padre espiritual. Antes de casarme había tenido algunos problemas personales con mi suegro, que no quería que me casara con la hija porque yo había sido fraile. El padre Pío siempre nos aconsejó a mi y a mi novia, por cuanto al no haber votos solemnes el padre avalaba nuestro casamiento. Una vez más, gracias a su intervención familiar nos casamos y me dio trabajo en el primitivo hospital por él creado, la “Casa Sollievo della Sofferenza”, Casa del Alivio de los sufrimientos.

Allí me quedé hasta 1950, cuando decidí emigrar a Argentina. Partí solo y mi mujer se quedó muy triste, llorando continuamente. Pero el Padre Pío supo consolarla y confortarla con su palabra de aliento, asegurándole mis buenas intenciones para con ella y nuestro destino. A los seis meses de estancia en la Argentina, estuve en condiciones de hacerla venir con nuestra pequeña hija Filomena, de apenas tres años de edad.

 

Con respecto a mi hija, debo contar que fue bautizada por el Padre Pío, pese a la oposición del padre guardián y el párroco que era el mismo Don Prencipi de mi niñez. El padre Pío, para conseguir que el párroco cediera a que el bautismo no se realizara en su parroquia, amenazó con dejarla sin bautizar, para que creciera como un “animalito”. La ironía del padre Pío, con su santa picardía, hizo que el párroco cediera y así le envió al convento los elementos necesarios: el óleo santo, la estola, etc.

De este modo, con la gracia de Dios, mi hija fue bautizada por el padre Pío como yo.

 

El mismo padre Pío, cuando partimos de Italia tanto yo como mi esposa e hija, nos bendijo y nos aseguró sus plegarias y su protección.

 

Pasado el tiempo, luego de mi afincamiento en Argentina, no tuve más contacto personal con el padre Pío, pero mi afecto y el reconocimiento de mi familia hacia él, durará toda la vida. Por eso es que, entrado en años, sigo ocupándome de difundir su figura y su santidad. Gracias al cielo, varias veces pude volver a Italia y rezar sobre su tumba, en acción de gracias por todo lo que él ha significado en mi vida”.

 

 

La custodia “del Guardián”

 

 “Padre Pío para mí no ha muerto, él nunca murió, su presencia nos acompaña siempre, yo lo siento permanentemente”. La voz de este amigo fiel del monje, Pío Pompilio, con un convencimiento certero, encendió no solo el grabador, sino también nuestros corazones.

Éste es el hilo con el que se entreteje un  hermoso relato del tiempo, la vida cotidiana de un santo con su gente.

Hay una casa en el barrio de Haedo, casa de familia y de trabajadores, que guardan sus reliquias y sus recuerdos como una fuente de riqueza espiritual. 

 

Frente al jardín de la casa está “el guardián”, como lo llamó Pompilio cariñosamente: una hermosa estatua del Padre Pío, iluminada por el sol, entre los árboles y las flores, asoma invitando a entrar “en la majestad de lo divino”.

 

A todos aquellos que quieran viajar en el tiempo, vivenciando el sabor de los relatos de nuestros abuelos y  descubriendo la gracia de Dios en el mundo cotidiano, les ofrecemos este material auténtico y valedero, como un pasaje libre de ida y vuelta por la memoria del amor, trascendencia infinita.

 

Y para terminar, este relato lleva por nombre Semillas del Paraíso, por el rosario que cuelga de la mano en la estatua del Padre Pío, en aquel jardín de Haedo.  Está verdaderamente hecho de de las semillas de ese árbol, confeccionado artesanalmente por la familia Pompilio. Seguramente,  para seguir sembrando las “semillas del paraíso” que llegan de los corazones santos, y así cosechar los frutos del cielo aquí en la tierra.

 

4 comentarios para “Testimonio sobre Padre Pío”

  1. ELMIS ALFREDO CARO CAMARGO Dice:

    Desde que conopci algunos apuntes o anecnotas tanto del mundo fisico como del espiritual del noble santo Padre pio,comenzo a encenderse la llamita de admiracion y respeto por este santo ( Sus estigmas su gran dicernimiento atraves del espiritu santo,su carisma al confesar y conocer su estado de conciencia para poder dar la absolucion) han hecho que yo tambien entre a recordar que los pecados por muy leves que sean hay que decirlos , para obtener una conciencia santa,es decir tranquila. este relato biografico y vivencial es importante y fundamental para cambiar de actitud de lo profano hacia lo divino . Dios siga bendiciendo a las personas que tuvieron la dicha de compartir con el padre pio ( Santo).

  2. sergio Dice:

    UN RELATO UNICO Y VALEDERO DE UN TESTIGO FIEL Y DIRECTO DE ESTE SANTO. REALMENTE NO QUIERO DECIRLO ASI PERO CAUSA HASTA UN POQUITO DE ENVIDIA( POR HABERLO QUERIDO CONOCER EN PERSONA Y COMPARTIR EL TIEMPO CON EL PADRE PIO) TODA ESTA VIVENCIA. FUERZA PIO POMPILIO CON LA CAUSA DEL PADRE PIO. GRACIAS ALE POR COMPARTIRLO CON TODOS LOS SEGUIDORES DE PADRE PIO.

  3. natalia Dice:

    EL PADRE PIO DE PIETRELCINA ME AYUDO MUCHISIMO. ES MUY MILAGROSO.
    GRACIAS A SU PODEROSA INTERVENCIÓN YO Y MI ESPOSO LOGRAMOS TENER LOS BEBES QUE TANTO ESPERABAMOS.
    REALIZAMOS UNA NOVENA AL PADRE PIO Y DIOS NOS CONCEDIO EL MILAGRO.
    GRACIAS PADRE PIO DE PIETRELCINA.
    ETERNAMENTE GRACIAS.

  4. Jose Dice:

    MUY BUENO!!!, regalenos el li libro

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