Archivos de la categoría ‘Bendito el Fruto’

Las bodas de Caná (Extraído de “Bendito el Fruto”, Cuentos para meditar el Rosario, de Alejandra Palazzo)

Julio 27, 2008

 

 

 

Las bodas de Caná

(Primer milagro de Jesús)

Mil llanuras, diez mil campos, Caná, tierra de dioses e ídolos antiguos; aguas superiores de las profundidades, fuente de los ríos: ¿quién ha de viajar a este remoto paraíso?

Los héroes babilónicos han pasado, también la estela pintada de Ugarit*; el rey, el sacerdote, la ofrenda; el león sentado de las narraciones épicas.

Caná, el nuevo Génesis espera. Hay una fiesta en donde ha de faltar el vino, necesariamente, para que uno de Nazareth ponga tu nombre otra vez en la inmortalidad de la existencia.
Caná, ya no te recordarán por los nombres y los papeles de los dioses paganos. Habrás cruzado los tiempos con Él, con el que convierte el agua en vino. Habrás de quedar bendecida por la madre que pidió el milagro.

Caná, tierra testigo del Hijo que protesta: (más…)

Isabel (Extraído de “Bendito el Fruto”, Cuentos para meditar el Rosario de Alejandra Palazzo)

Julio 27, 2008

Isabel

(Visitación de Nuestra Señora)

¡Anístemi!* Esta palabra resuena en el lecho de María, mientras se levanta.

Alista su equipaje temprano, lava sus manos, su cara. Recita la Tefilat haDérej, la oración de los viajeros. El texto de su oración es una petición para que en el camino no haya desgracias y se pueda llegar en paz a destino. Los judíos solían recitar versículos en los que se menciona a Dios como salvador de todos los seres humanos en las necesidades.

Es un día sereno. María sube por la ruta que va a los cerros de Judá. Los montes de Samaria y sus ondulaciones se van perdiendo suavemente hacia el oeste, y descendiendo bruscamente hacia el este, sobre el valle del Jordán y el Mar Muerto.

María desliza su mirada fértil sobre los montes que limitan Jerusalén. Toda ella es una bendición mirando el paisaje. El monte Rash el Mesarif, el Hebrón, y poco a poco el desierto del Negueb, hasta terminar la orografía que enlaza con los ríos del Sinaí. A la altura del Mar Muerto están los desiertos de Judá, como una larga franja a lo largo del agua. El olor salado y reseco acompaña su camino. Hay alegría en su espíritu; va encontrarse con ella, con la otra amada, la otra elegida. La que es grande y vive en la montaña de las mujeres grandes.

De púrpura y escarlata, de lino fino, son todas las hebras que lleva, con las que tejerán las mantas de los niños esperados. Isabel, la que Dios convidó a florecer, ve llegar a su hermana y abre más la ventana con un grito:

-¡Ay de mí, que la madre de mi Señor venga a verme! – exclama sin pensar.

Se abrazan y se besan.

- ¡Dichosa, porque has creído! – insiste Isabel al abrazarla.

Ellas saben mirarse con complicidad de cielo celeste y panecillos horneados. La casa necesita flores. María las recorta de la mata verde, y amarillas son, como sus sueños; las acomoda en la mesa. Juntas descansan entrelazando las manos; hay una leche tibia de cabra, recién servida y un poco de cereales tostados con miel y queso de oveja. Hay oraciones que el mundo no conoce ni conocerá nunca. (más…)

La Anunciación (Extractado de “Bendito el Fruto, Cuentos para meditar el Rosario, de Alejandra Palazzo)

Julio 27, 2008

  “El pueblo que andaba en las tinieblas

vio una gran luz; sobre los moradores

del país de mortal sombra

 la luz ha despuntado”.

Is. 9, 1

Bendito el fruto
(La anunciación)

Dos meses dura la recolección de la aceituna. Septiembre y octubre. La cosecha se celebra como todos los otoños, la fiesta de los Tabernáculos. Las prensas extraen el aceite de las aceitunas maduras, y a continuación el peso de una piedra, o la mano del mortero.

El aceite así producido es el más fino aceite batido, color verde oro.

La pulpa que sobra se guarda con enormes pesos para exprimir el resto. Faltan dos meses aún para gozar el óleo comestible, aromático y curativo, y el viento cálido ya retrae el aroma desde el olivar, a orillas del Mar de Galilea.

María se sienta entre cuatro árboles de olivo y contempla las rosas silvestres. De los valles de Jericó llegan los brotes. Nazarena de ojos grandes y profundos. Las inquietudes de su mirada no son advertidas por nadie, más no todos resisten esa hondura de sus ojos. Hasta la pureza de los almendros se le inclina al paso. Pero es que Ella ve en cada pétalo la suavidad de su Señor. Sólo eso ve. Y lo que ve se le queda adherido en las retinas y se le va al alma. Alaba en su corazón el encanto de la naturaleza. El perfume de Dios. (más…)

Prólogo de Bendito el Fruto (Cuentos para meditar el Rosario, de Alejandra Palazzo)

Julio 27, 2008

 

 

Casa de la Virgen Maria - Efeso - Turquia

Casa de la Virgen María - Efeso - Turquía


 

La literatura griega saluda a María como “ramaje tupido, abundante en sombra”. Myriam, en hebreo: “la amada”, “la iluminada”, “la hermosa”, “la fuerte”, arrodillada en el ángulo de la sala, escucha a un ruiseñor; Dios de la voz, esclava de su melodía, su oración engendra fuego.

Dice un adagio judío: “De los cuatro rincones de la casa, uno pertenece al padre, otro al hijo y los dos restantes a la madre”.

Con sus dos pisos elevados a unos cuarenta centímetros, en el interior de la casa de Nazareth, se vive una vida cotidiana; el piso inferior destinado a las habitaciones y el piso en lo alto es el taller de carpintería.

A lo largo de la pared hay cribas y odres; el hornillo de barro; grandes tinajas para el trigo y los higos secos, las pasas de uva, y los olivos conservados en sal.

Poco se sabe sobre María, lamentablemente, en su figura de mujer cotidiana, fuerte, real y certera, ni de las mujeres que vivieron en el ambiente de Ella y de Jesús.

Como cualquier familia de la tierra, es posible imaginarlos en su vida corriente, tras el resplandor de la ventana.

Esta es la humilde pretensión de estos relatos, basados en las escenas bíblicas del Rosario, e inmersos en mi imaginación a través de una narración recreadora, que toca las fibras más íntimas, las esenciales, las poéticas.
Simplemente ese fue mi propósito, nacido de un momento especial, y de observar una foto de la que quizá haya sido la última casa donde vivió María, en Turquía, cerca de Éfeso, rodeada de árboles agrestes, y que hoy es un hermoso templo.

Me imaginé abriendo la puerta y entrando en esa preciosa casa del tiempo, respirando sus verdores; permaneciendo largo rato allí, con mis afectos, para gozarlos, y escribir, contemplando los misterios de la historia de amor más sublime.

Alejandra E.Palazzo

Dedicado a la Dra. E. Adriana Vives,
y a las Hijas de San Camilo.