Archivos de la categoría ‘Semillas del Paraíso. Vida del Padre Pío’

El sol en la higuera (cuento inédito de Alejandra Palazzo)

Julio 27, 2008

El sol en la higuera

 -¡Piuccio! ¿Quanti figs hai mangiato oggi?

Un rayo de sol le daba en los ojos, y sus pequeñas manos sorprendidas se enredaban con aquel hilo blanco y lechoso de los higos.

Revolvía las hojas de la higuera limpiándose, hasta juntar el aire para poder hablar, y ese rumor verde en la sombra se fundía con el viento del verano que golpeteaba los postigos agrietados de la vieja iglesia.

El hombre de la barba encanecida, con su voz de trueno, lo llamaba desde la ventana.

Entonces, el niño de San Giovanni Rotondo que correteaba por los patios del convento, contestaba mirando hacia arriba, hacia la ventana, con los ojos semicerrados por la luz, y sonrojado:

-¡Uno, Fra !

-¡Es cierto! ¡Uno por vez! – le gritaba el fraile y le sonreía, porque sabía que el hijo de la lavandera era el pájaro de corazón más puro que conocía en el pueblo.

Niño pájaro, el pequeño Pío con sus siete años, que llevaba su nombre en honor al fraile que lo había visto nacer y lo había bautizado después de renegar con un cura vecino que no quería mandarle los aceites santos para oficiar la ceremonia, por razones burocráticas zonales que nunca faltan y que conviven con las leyes de Dios, desde todos los tiempos. (más…)

Estigmas, o flores del Amor. (extracto del libro “Semillas del Paraíso”, de Alejandra Palazzo)

Julio 27, 2008

Estigma en las manos de Padre Pio

Estigma en las manos de Padre Pío

 

Por el año 1915 el Padre Pío ya percibía su nuevo y completo destino, sintiendo en su propio cuerpo, manos, pies y costado, dolores que no quiso dar a conocer. En su interior él sabía que Dios lo había participado de las heridas de Cristo, aunque en forma no permanente y de manera no visible.

En un momento, confesó al Padre Agustín, su guía espiritual, haber sentido agudísimos dolores.

Cierto día, en el templo, terminado el coro de los religiosos y el rezo de la liturgia de las horas, el Padre Pío se hallaba solo en su oración personal. Al concluir su meditación, sus manos comenzaron a sangrar misteriosamente. El dolor se le incrementaba en el centro de las palmas y ya no tuvo dudas en sentir como su Señor Jesucristo, el dolor de la crucifixión.

“Desde ese día siento una gran aflicción y una herida en mi alma que está siempre abierta y me causa agonía”, afirmaba Pío.

 

Así, con su rostro pálido, y su cuerpo trastocado por los dolores, se dirigió a su superior, ya que además de las manos, también los pies y el costado sangraban abundantemente.

La sangre era suficientemente fluida, emanando un agradable aroma a flores.

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Testimonio sobre Padre Pío

Julio 27, 2008

Pio Pompilio, a los cinco años en el convento de San Giovanni Rotondo

Pío Pompilio, a los cinco años en el convento de San Giovanni Rotondo

 

 

 

 

Pío Pompilio y sus recuerdos del Padre Pío de Pietrelcina
 

Estas páginas no pretendieron competir con los magníficos libros escritos sobre la historia del Padre Pío de Pietrelcina.

Simplemente, sabiendo que en la tierra hay amigos entrañables del cielo, vislumbramos la hermosa posibilidad de transcribir los recuerdos de una amistad muy especial: la de Pío Pompilio con el santo Padre Pío.

 

Contemporáneo del capuchino, bautizado con el mismo nombre del santo, fue el primer niño llamado Pío en San Giovanni Rotondo, allí por el año 1920.

Su historia tiene en común el destino de muchos inmigrantes italianos, que además de haber pasado la guerra, el hambre y  la enfermedad, sobrevivieron a causa de su fortaleza, con el agregado, en este caso, de haber sido testigo directo de la vida de un santo que conoció perfectamente el dolor, el desgarro y las miserias que sufría su gente.

 

“El Padre Pío nos protegía con su sabiduría y su humildad”- decía Pompilio.

“Rezaba por nosotros fervorosamente, nos consolaba, nos ayudaba, protegía a los hijos que estaban en el frente, luchando”.

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El Padre Pío y la Virgen María

Julio 27, 2008

Imagen de la Virgen a la que el Padre Pio rezaba
Imagen de la Virgen a la que el Padre Pío rezaba

María, la Madre de su siembra

El Padre Pío sentía una inevitable y amorosa gratitud por María, Madre de todas las Gracias. Solíase verlo con el rosario siempre entre las manos, a toda hora, dedicado a meditar especialmente las escenas evangélicas frente a la imagen de la Inmaculada y muy seguidamente rezar bajo un peral que aún hoy se conserva y sigue dando frutos en la tierra de su Italia natal.

Decía que el rosario era su arma, y recomendaba a todos sus seguidores el rezo diario al Corazón de Maria, por quien se abre más rápido el camino a Jesucristo.

En la puerta de su celda se hallaba escrita una frase de San Bernardo: Maria es toda la razón de mi esperanza.

¿Cómo explicar su gran amor por la Madre de Dios? Sencillamente leyendo sus meditaciones escritas sobre Ella y transcribiendo de alguna manera sus tantas y amorosas palabras.

 Pío definía a la Virgen María con belleza contundente:

- “Amor increado, Espíritu de Luz y Verdad ábreme el camino de mi pobre mente y hazme penetrar cuanto sea posible a una criatura en aquel abismo de gracia, de pureza y de santidad, para que siempre aumente mi amor por el Eterno, que concibió en su Mente Divina esta obra maestra, insuperable entre todas las maravillas creadas por El: La Inmaculada”

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